| J. Esteve |
Quien no recuerda las bodegas de antes, entrabas y aquel olor peculiar a vino añejo, era por las barricas de madera, allí se juntaban los amigos de siempre y comentaban lo sucedido en el día, sus problemas y mientras tanto chato de vino va y chato de vino viene. En estas bodegas siempre había muy buen ambiente y era como una segunda casa.
Me viene a la mente aquellos días en los que íbamos a buscar al Sr. Pepe a la bodega del barrio y el bodeguero al vernos entrar siempre tenía en la mano unas chuches, que no eran más que unos caramelos de aquel entonces, unos pececillos de colores, sabían a fruta, después nos daban una copita de quina Santa Catalina, decían que era para que nos entraran las ganas de comer, no se si sería verdad pero nos lo decían y a lo mejor como éramos pequeños nos lo creíamos y cuando era la hora de comer devorábamos todo lo que había en la mesa, que sensaciones tan maravillosas.
Cuando en las casas hacía falta vino se iba a la bodega con una frasca de cristal y te lo vendían.
Espero que os guste este cuadro, es uno de mis favoritos, tiene un colorido precioso, a la vez que me trae muchos recuerdos.