Quien no ha paseado alguna vez por un pequeño pueblo pesquero, quien no ha sentido esa sensación de meterse en una de esas barcas y salir a pescar con esas personas que se juegan la vida cada vez que salen al mar para conseguir traer a buen puerto el pescado que luego tienen que ofrecer para conseguir llevar a su casa el sustento. Es una profesión muy sacrificada y peligrosa, cuantas veces oímos en el telediario que un barco pesquero ha volcado o se ha perdido y su tripulación no vuelve a casa. Al pasear por el puerto pesquero ves a los pescadores cosiendo sus redes para salir esa noche o al día siguiente, en la lonja ofreciendo el pescado que acaban de traer, o en los restaurantes que están en el paseo marítimo donde se pueden degustar esos manjares recién pescados.
Este cuadro me encanta porque es como si al cerrar los ojos soñaras que en ese atardecer estás sentada en el puerto y ves esas barcas que salen a faenar, el olor a mar y la brisa que te abraza, ver el adiós de las mujeres de los pescadores, los niños jugando o pescando con sus cañas, el sol se va escondiendo y queda el reflejo en el agua, te surgen sentimientos mararvillosos, afloran momentos vividos y que por unos instantes vuelves a ellos, respiras ondo y mirando al cielo sientes que tu cuerpo se vuelve ligero y es como si flotaras en el tiempo y extiendes las manos como si quisieras agarrarte a ese instante y no soltarte nunca.